Se cumplieron los nueve meses y llegó
el día en el que debe abandonar el
refugio. Es el milagro del nacimiento. El
llanto –alegría de sus padres— es para
él un grito de pánico y desesperación. Su
existencia tranquila y segura, flotando en el tibio ambiente dentro del útero
de su madre, es bruscamente interrumpida
por el acto brutal y salvaje del nacimiento. Nunca más volverá a tener, en
estado de conciencia, esa sensación de
seguridad ofrecida por el íntimo
contacto con su madre.
Ya adulto,
mientras mantiene su precario equilibrio mental,
ese periodo sustancial, primario, anterior
a su nacimiento, no tiene ninguna
influencia visible en su comportamiento posterior; pero, en algún punto de su vida, cuando el
equilibrio se rompe bajo el peso insoportable de las presiones diarias, el trastorno se hace evidente, y, es entonces cuando, en un irrefrenable impulso primitivo de
autodefensa, empieza a retraerse dentro
de sí mismo, el sentido de la realidad se aparta
hacia un oculto lugar en el reino inmaterial de su mente… adopta la
posición fetal… y regresa al cálido y protector útero materno.
----0----