domingo, 22 de febrero de 2015

¡No quiero nacer!

Se cumplieron los nueve meses  y  llegó el día en el que  debe abandonar el refugio. Es  el milagro del nacimiento. El llanto –alegría de sus padres—  es para él un grito de pánico y desesperación.  Su existencia tranquila y segura, flotando en el tibio ambiente dentro del útero de su madre,  es bruscamente interrumpida por el acto brutal y salvaje del nacimiento. Nunca más volverá a tener, en estado de conciencia,  esa sensación de seguridad ofrecida por  el íntimo contacto con su madre.
Ya adulto, mientras mantiene su  precario equilibrio   mental, ese periodo  sustancial, primario, anterior a su  nacimiento, no tiene ninguna influencia visible en su comportamiento posterior; pero,  en algún punto de su vida, cuando   el equilibrio se rompe bajo el peso insoportable de las presiones diarias,  el trastorno se hace evidente, y,   es entonces cuando, en un  irrefrenable impulso primitivo de autodefensa,  empieza a retraerse dentro de  sí mismo, el sentido de la  realidad   se  aparta hacia un oculto  lugar  en el reino inmaterial de su mente… adopta la posición fetal… y regresa al cálido y protector útero materno.


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